Editorial 23-6-2011
Ruben Loza Aguerrebere
Con Jorge Semprún, fallecido a los 87 años, el pasado 1º de junio, desaparece no solo el preso 44.904 de Buchenwald, campo de concentración alemán, que lo nutrió de memorias, horrores y barbaries de la época moderna, sino un notable escritor de vasta y rica obra literaria.
Nieto del político Antonio Maura, presidente del Gobierno con Alfonso XIII, nació en Madrid en 1924. Luchó en la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial. Como correo clandestino fue y vino a España. Fue comunista y después fue expulsado de este partido. Años más tarde Felipe González lo designó (desde 1988 a 1991) Ministro de Cultura.
Semprún es una de las figuras más importantes de la literatura moderna, al que debemos novelas y textos autobiográficos tan importantes como «El largo viaje», «La segunda muerte de Ramón Mercader», «Aquel domingo», «Federico Sánchez se despide de ustedes» y «La escritura o la vida» (todos Tusquets/Océano). Y guiones para el cine como el de «La guerra ha terminado». y luego «Z» y «La confesión» para Costa-Gavras. Por estas y otras obras, fue galardonado con los premios Formentor, Planeta, Fémina, el Premio de la Paz de los libreros alemanes, el Jerusalén, el Premio Nonino, la medalla Goethe, la Fundación Lara y el Globo de Oro.
Tuve la oportunidad de conocer a Semprún en Madrid, hace muchos años. Nuestro encuentro fue en el Hotel Suecia. Lo veo saliendo del ascensor: pantalón, pulóver y camisa grises, y el cabello blanco.
En el café del hotel me contó que esperaba esa tarde, al director de cine Carlos Saura, casado entonces con Geraldine Chaplin: estudiaban hacer una película.
Naturalmente, quien preguntaba era yo, de manera incesante. Me intrigaba, por ejemplo, saber cómo había podido escribir «La segunda muerte de Ramón Mercader» en la forma en que lo hizo: como un rompecabezas, con infinitos saltos atrás, adelante, a un lado y otro, yendo y viniendo en el tiempo. Me deslumbraba técnicamente y me parecía -me sigue pareciendo- un ejercicio narrativo admirable. Recuerdo que me dijo que no sabía escribir de otra manera. Sí, le era imposible narrar una historia comenzando por el principio, subiendo esa meseta de acción que debe tener el libro y llegar al final de la historia. Sabía escribir como lo había hecho, yendo y viniendo en el tiempo. Así de sencilla fue su respuesta.
Poco después, nos interrumpieron Saura y Chaplin. Cuando estuvieron con nosotros, comprendí que debía comenzar a despedirme. Saludé a Saura y dije a Geraldine Chaplin que yo vivía en Montevideo, frente a Buenos Aires, ciudad donde había trabajado su abuelo. Ella lo sabía; el padre de O`Neill había sido estibador. Le gustó este detalle de mi historia. Cuando me despedí, ella hizo lo mismo y así tuve mi paseo con la hija de Chaplin, en Madrid.
Vuelvo a Semprún, que fue parte de la memoria del siglo XX; ahora que no está, nos quedan afortunadamente sus libros, embebidos de ella, y tan enriquecedores como pocos.
Recuerdo de Jorge Semprún
23/Jun/2011
El País, Ruben Loza Aguerrebere